Ciclo B
PENTECOSTÉS:
Hch 2, 1-11.
Sal 103, 1.24. 29-31.34.
1Co 13b-7.12-13.
Jn 20,19-23.
"Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío
yo"
1º DÍA
Pentecostés es una tormenta celestial, es un torrente de vida, un
huracán que levanta y renueva lo viejo y caduco, huracán que empuja,
mueve y hace hablar a los cobardes discípulos. Es un diluvio de gracia
caído del cielo que cala en todos los corazones, que se abren
haciéndoles capaces de amar "a lo Dios". Es una borrachera de
alegría porque el Espíritu de Dios repuebla la faz de la tierra. Ya
nada será igual en la tierra porque el cielo se ha juntado con ella.
Dios se ha unido al hombre y ha nacido la Iglesia.
Hasta ahora la presencia del Señor era física y sensible, ahora es
íntima e interior, es constitutiva del hombre; el que se deja llevar
por él puede decir lo que Pablo: "no soy yo, sino que es Cristo quien
vive en mí" (Ga,2,20).
Cuando me encierro en mí mismo, me da miedo la opinión de los
demás, el qué dirán, y cierro el corazón a mis hermanos, Entra, tú,
Espíritu Santo, para experimentar tu paz y así poder levantar mi
mirada y percibir que no soy yo, sino que eres tú en mí. Tú me
capacitas para dejar de decir "yo", "mío", "para mí", que
son vocablos de las lenguas de Babel, y poder decir "nosotros",
"nuestro" "para nosotros", que son vocablos de la lengua viva
del amor que nos une en comunión. ¡Qué gozo vivir en esta intimidad!
¡Qué gozo sentir el calor de ese fuego tuyo que purifica nuestros
corazones, transmitiéndonos tu entusiasmo para hablar de tus
maravillas!
2º DÍA
Si Cristo es la encarnación de Dios, el Dios con nosotros, el
Espíritu Santo es el "¡no va más!" porque es el Dios en nosotros
. Jesús era el amigo, el maestro, el salvador. Pero el Espíritu Santo
es la santidad y la gracia, la fuerza, el amor en el interior de
nuestros corazones, en proporciones sin límites. El Espíritu mete a
Cristo en el corazón del cristiano. El Espíritu Santo nos hace
"divinos".
Es un gozo tenerte, Espíritu Santo, porque me permites dialogar
contigo, me permites poder decir a Dios Abbá (Papá) , que me permites
llamar al "otro" hermano, y me das fuerza para testimoniarte y
poder dar la vida. Me haces entender que la Buena Noticia es Cristo, que
nos une en su cuerpo haciendo de todos los hombres una comunión de
hermanos.
Ser enviados y conducidos por ti, Espíritu Santo, es la mayor grandeza
y honor que el hombre jamás pudo soñar. Ven, Espíritu divino, //
manda tu luz desde el cielo. // Padre amoroso del pobre; // don, en tus
dones espléndido; // luz que penetra las almas; // fuente del mayor
consuelo. Derrama sobre nosotros tus siete sagrados dones para que nos
conformen con Cristo y poder responderte a la confianza que has puesto
en nosotros. Así podremos ser encarnación de la Palabra de Dios en el
mundo de hoy. Saborear los dones del Espíritu es un derecho que tienen
todos mis hermanos. ¿Cómo les voy a privar de ello? Danos la luz y la
fuerza para hacer presente Pentecostés en nuestro mundo.
3º DÍA
"El Espíritu Santo es personalmente la Novedad, que actúa en
nuestro mundo. Es la presencia de Dios-con-nosotros unidos a nuestro
espíritu" (cf. Rm 8,16). "Sin él, Dios queda lejos, Cristo
permanece en el pasado, el evangelio es letra muerta; la Iglesia, pura
organización; la autoridad, tiranía; la misión, propaganda; el culto,
mero recuerdo; y la praxis cristiana una moral de esclavos. Pero en él,
en una unión indisoluble, el mundo es liberado y gime en el
alumbramiento del Reino, el hombre está en lucha contra la carne,
Cristo resucitado está aquí, el evangelio es potencia de vida, la
Iglesia significa comunión trinitaria, la autoridad es servicio
liberador, la misión es Pentecostés, la liturgia es memorial y
anticipación, la acción humana es divinizada" (Ignacio Hazim, obispo
ortodoxo).
Es Señor y dador de vida. No es un señor que nos hace esclavos, como
los muchos señores a los que rendimos pleitesía con nuestro corazón,
como son las riquezas, honores y placeres que se apoderan de nuestra
voluntad. Es el Señor que nos hace señores, que nos hace libres .
Tú eres nuestro dador de vida, Espíritu Santo, porque tu aliento
divino renueva la faz de la tierra, es vida, crea. Y vence a la muerte.
Donde a ti te dejamos operar hay vida y alegría, hay libertad y
esperanza, hay justicia y amor. ¡Es tan diferente todo! Danos un
corazón abierto a tu aliento vivificador para que gocemos de la paz que
tú nos deseas.
4º DÍA
Las alas del Espíritu Santo nos elevan y nos permiten una mirada más
amplia de las realidades del mundo. Es como cuando se ve la tierra desde
un avión: las montañas inaccesibles se achican y no imponen tanto.
Así, las dificultades de la vida que nos parecen enormes y nos
angustian atenazando nuestros corazones, vistas desde la perspectiva de
Dios se "relativizan"; siguen existiendo, pero el Espíritu Santo
nos permite superarlas. Sin Dios, el grano de arena se nos hace una
montaña; pero con Dios, la montaña se nos hace un grano de arena .
Señor, es mucho el lastre que tengo en mi corazón, el cual no me deja
levantar el vuelo. Necesito la fuerza de tu Espíritu, necesito ese
viento recio y fuerte para elevarme. Auméntame la fe para que, como una
vela desplegada al viento, me deje elevar, y sea como una pluma dócil
en tus manos, que no ofrezca resistencia. Y así puedas escribir, como
en una hoja en blanco, tu proyecto amoroso sobre mi vida.
Cuando pensamos en lo que Dios quiere de nosotros y lo comparamos con
nuestras vidas, solemos pensar en lo que nos falta. Sin embargo
debiéramos mirarnos a nosotros mismos y comprobar lo que nos sobra.
Dios no quiere cualidades ni sabiduría humanas; sólo quiere un
corazón enamorado y disponible al Espíritu, como el de María . Nos
sobran muchas cosas que creemos necesarias y que ocupan nuestro
corazón.
Quita lastre a tu vida y déjate llevar y elevar por el Espíritu.
5º DÍA
Si la Creación se culminó con el aliento vivificador sobre el hombre
, esta Recreación empieza con el aliento santificador sobre el hombre.
Es el comienzo de la nueva era, de nuestra era. Es el aliento de Jesús,
es su alma, su vida más íntima. El Espíritu Santo es el "boca a
boca" del Padre, que nos cristifica y nos hace sus hijos. Nos
introduce en nuestro hogar trinitario:
Ven, Espíritu divino, de Jesús, vida y aliento,
ven soplo eterno del Padre, que creas el hombre nuevo,
ven intimidad de Cristo que das savia a los sarmientos.
Si el Espíritu de Dios resucitó a Jesús ¿cómo no vas a darnos la
vida? Cristo necesita completar su resurrección con la nuestra, porque
cada uno de nosotros somos miembros de su Cuerpo.
"Sorprendeos, estad alegres, nosotros somos Cristo. Si él es la
Cabeza, nosotros somos los miembros y el hombre entero es él y
nosotros" (S. Agustín).
Nuestro destino es el de Cristo. Esta verdad nos debe bastar para dar
sentido a nuestras vidas, y colmar nuestros deseos de eternidad puestos
por Dios en nuestros corazones.
No somos ciudadanos de este mundo, sino que nuestra ciudadanía es la
del cielo . Esta es la realidad de nuestro D.N.I. Tenemos que hacérsela
ver a nuestros hermanos, empezando por los de la propia sangre, y a todo
hombre que desconozca cuál es su verdadera identidad, parentesco y
nacionalidad.
6º DÍA
Las lenguas de Babel no están muertas. Siguen hoy día hablándose,
sigue faltando el entendimiento entre los hombres, hay desconfianza
unos de otros, hay intereses encontrados, hay envidias, y opresiones de
todo tipo. Se habla mucho de "progreso", pero cada día se necesitan
dispositivos más sofisticados de seguridad. Cada día se "progresa"
más en el arte de matar. Se necesita el diluvio de gracia del Espíritu
Santo que inunde toda la tierra.
Tú, yo, nosotros, que tenemos el Espíritu Santo, ¿Qué hacemos con
el amor de Dios derramado en nuestros corazones? El amor, como el agua,
si está estancada, acaba por corromperse. El agua del Bautismo nos
convierte en manantiales de los que pueden nacer ríos de agua viva,
que hagan fructificar nuestros hogares y ambientes con el fruto propio
del amor: la comunión (común-unión) y el entendimiento entre todos
nosotros . Allí donde estamos, donde vivimos, hay un campo que regar.
Abramos las compuertas de nuestros corazones. Los frutos ya vendrán,
aunque no los veamos, eso es cosa del Señor; pero tú siembra semillas
de comunicación y comunión que no se perderán.
¿Cuál es la parcela que me das, Señor? ¿Cuál es la lengua con la
que me puedan entender? Es tu misma lengua, la del amor con la que me
hablas cada día con tu Palabra viva, la de la Eucaristía, la de
tantos hermanos que dan su vida por los demás.
7º DÍA
El diluvio de Dios no es de cuarenta días, sino que este "diluvio"
es perenne. Desborda la capacidad humana derramándose en
sobreabundancia . ¡Qué pena que se pierda no dejándonos empapar!
¡Qué pena que el corazón esté tan lleno de otras cosas, que
reduzcamos la capacidad de acoger esa gracia!
Quiero, Espíritu Santo, no ponerme el paraguas del miedo a la aventura
de dejarme inundar de tu amor, sino pedirte de corazón que me empapes
con tus siete sagrados dones: Sabiduría, para experimentarte
vivencialmente y saborearte. Porque de Dios sabemos aquello que de él
experimentamos (K. Ranher). Inteligencia, para penetrar en los misterios
de tu palabra, y así entender tus caminos, tus tiempos, tu lógica.
Consejo, capacitándome para discernir lo que me conviene en cada
momento. Fortaleza, para poder manifestarte dentro de mi debilidad, que
es mucha ante los continuos ataques que hoy recibimos los cristianos.
Ciencia, para poder ver todas las realidades desde tu misma mirada; no
lo que son para mí, sino lo que son para ti. Temor de Dios, para tener
esa actitud delicada y atenta respeto a ti, pero con la confianza y la
alegría de saberme tu hijo. Piedad, para ir hacia mi hermano desde esa
relación filial contigo, abriéndome el corazón para ver tu
sufrimiento y entrar en él. Y así aliviar tu dolor, siendo el buen
samaritano que aplica el bálsamo de la acogida al hermano herido .